La Paz Después de 60 Años de Conflicto Armado: La Mejor Arma Para el Desarrollo

A pesar de los múltiples retos y oportunidades que nosotros los Colombianos e hispanos enfrentamos actualmente en el estado de Rhode Island y en este país, este mensaje es un llamado a la acción para continuar fortaleciendo nuestros lazos con nuestro país de origen. Como colombianos en este país tenemos herramientas muy poderosas para contribuir e influir positivamente el futuro de Colombia.

El desarrollo de nuestro país se paralizó durante más de medio siglo debido a su catastrófico conflicto armado, el más largo del hemisferio occidental. Un conflicto que costó la vida de al menos 220,000 colombianos, incluidos 180,000 civiles, desplazó a casi 6 millones de personas, produjo miles de secuestros y llenó áreas rurales de minas antipersonales. 

El conflicto armado colombiano fue el resultado de innumerables factores heterogéneos, como la persistencia en las desigualdades de tierras, la aparición y propagación del narcotráfico, la falta de representación y participación política, las influencias y presiones de una comunidad internacional convulsionada y la fragmentación institucional y territorial del estado colombiano.

Visita a la comunidad Arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta. Foto de Peace Farm Coffee .

El conflicto pasó por cuatro períodos de evolución. El primer período (1958-1982) marcó la transición desde la violencia, un período conocido por el escalonamiento del conflicto entre los partidos políticos tradicionales de Colombia, originado por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, hasta la violencia subversiva, caracterizada por la proliferación de grupos guerrilleros izquierdistas radicalizados. Estos se inspiraron en las revoluciones cubana y china, las cuales buscaron proporcionar una base de apoyo para las comunidades rurales abandonadas por las instituciones del estado.

El segundo período (1982-1996) se definió por la expansión territorial y la escalada militar de las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el surgimiento de grupos paramilitares, la crisis y el colapso parcial del estado colombiano, el fin de la Guerra Fría y la irrupción y propagación del narcotráfico, incluida la aparición de capos de la droga como Pablo Escobar y Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

El tercer período (1996-2005) marcó el cruel asentamiento del conflicto armado, que llevó a Colombia al borde de convertirse en un estado fallido. Este período se distinguió por la expansión simultánea de grupos guerrilleros y paramilitares, la crisis y recomposición del estado colombiano en medio del conflicto, el éxodo de colombianos que se mudaron al extranjero y el llamado desesperado del público por una solución militar.

Por último, el cuarto período (2005-2012) fue conocido por la reorganización del conflicto armado como resultado del Plan Colombia y el contraataque militar del estado, que alcanzó un grado máximo de eficiencia y debilitó drásticamente los frentes guerrilleros. Simultáneamente, hubo una falla del estado en alcanzar una negociación política integral con los grupos paramilitares. Esta negociación fragmentada resultó en el rearme y el resurgimiento de la violencia por parte de estructuras paramilitares fragmentadas y volátiles, penetradas por narcotraficantes y las cuales han sido muy difíciles de derrotar.

A principios de los años 1990s, Colombia estaba experimentando una profunda transformación económica de un país cafetero a un país minero y cocalero. El tipo de recursos que alimentaron el conflicto armado a niveles sin precedentes. A partir de ese momento, guerrilleros, paramilitares y grupos de narcotraficantes lucharon entre sí y con el estado colombiano por el control del territorio, la minería y el suministro de drogas desde el origen. 

Por un lado, tan pronto que los grupos guerrilleros comenzaron su expansión territorial, grupos militares de autodefensas legales fueron creados y apoyados por el ejército del estado para defender a los grandes terratenientes de las extorsiones y los secuestros por las guerrillas. Por ejemplo, el ejército del estado en el Magdalena Medio, una subregión en el Departamento de Antioquia en la parte noroeste central de Colombia, proporcionaron a los grupos paramilitares apoyo logístico, armas y municiones e información clave sobre las operaciones de los grupos guerrilleros.

Este apoyo militar para los grupos paramilitares coincidió con la llegada de varios capos del narcotráfico al Magdalena Medio, incluidos Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y Jairo Ortega, quienes compraron extensas fincas para establecer laboratorios clandestinos de cocaína. Los narcotraficantes llegaron a la región con sus propios militantes. Sin embargo, con el tiempo los grupos paramilitares se combinaron tanto con los narcotraficantes que se hizo difícil distinguir uno del otro. Los paramilitares se hicieron conocidos por llevar a cabo la mayor cantidad de masacres y asesinatos selectivos en la historia del país.

Por otro lado, las guerrillas de las FARC pasaron de 48 frentes y 5,800 militantes en 1991 a 62 frentes y 28,000 militantes en 2002, con presencia en 622 municipios alrededor de todo el país.  No solo lucharon contra los paramilitares y los grupos narcotraficantes, sino que también buscaron en particular el colapso del estado colombiano al obstruir constantemente la economía, infraestructura e instituciones del país.  Rodearon algunas de las principales ciudades y municipios y lanzaron poderosos ataques militares al ejército y policía nacional. 

Lazaro Valencia es uno de los productores de café en Chinchiná, Caldas, el cual tuvimos el placer de visitar, probar sus cafés especiales y hablar sobre los desafíos y oportunidades en la industria del café. Foto de Peace Farm Coffee.

Igualmente usaron una red de carreteras para hacer retenes ilegales, llevaron a cabo secuestros masivos, extorsiones y asesinatos  a civiles inocentes, y sabotearon elecciones locales y regionales. La rápida expansión del cultivo de coca en Colombia a finales de la década de 1990 condujo a una rápida expansión del crimen y la violencia.  El cultivo de coca en Colombia aumentó de 50,000 hectáreas en 1995 a 160,000 hectáreas en el año 2000, convirtiendo a Colombia en el país productor de coca más grande del mundo. La gran evolución de los grupos armados insurgentes afectó a cientos de municipios en todo el país a finales  de la década de 1990. El conflicto armado debilitó significativamente la legitimidad y capacidad del estado para liderar convincentemente una negociación política de cese al conflicto con cualquiera de los grupos insurgentes.

En septiembre de 1999, luego del aumento significativo del negocio de las drogas, el crimen y la violencia, que empujó a Colombia al borde de convertirse en un estado fallido, los gobiernos de Colombia y Estados Unidos acordaron lanzar una estrategia conjunta llamada Plan Colombia, con el objetivo exclusivo  de luchar contra la producción ilícita de drogas y el narcotráfico, reactivar la economía colombiana, fortalecer las instituciones y desmovilizar, desarmar y reintegrar a los militantes insurgentes a la sociedad civil.

Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en los Estados Unidos, donde militantes asociados con el grupo extremista islámico al-Qaida secuestraron cuatro aviones comerciales y llevaron a cabo ataques suicidas contra la población, los Estados Unidos con el presidente George W. Bush al mando iniciaron inmediatamente iniciativas estratégicas para combatir el terrorismo en todo el mundo.  Los fondos del Plan Colombia, que habían sido asignados exclusivamente para la guerra contra las drogas, fueron aprobados por los Estados Unidos para atacar a los grupos guerrilleros como parte de la lucha contra el terrorismo.

Durante la primera década de este siglo, las guerrillas de las FARC perdieron terreno, legitimidad y capacidad ofensiva.  Las fuerzas armadas colombianas lanzaron ataques estratégicos y letales a muchos frentes de las FARC, incluida la muerte de Manuel Marulanda Vélez, Alfonso Cano, Jorge Briceño Suárez, Raúl Reyes e Iván Ríos, cinco de los siete comandantes históricos del secretariado de las FARC. 

Los paramilitares por otra parte buscaron una solución política al conflicto tan pronto el estado colombiano fortaleció su capacidad militar y comenzó una guerra devastadora contra las guerrillas de las FARC, ya que sintieron que su proyecto de lucha se había consolidando.  Los paramilitares buscaron una negociación política para su desarme y formas de legalizar los activos que acumularon durante la guerra. Sin embargo, las influencias y alianzas que llevaron a cabo con muchos narcotraficantes se volvieron cada vez más problemáticas y esto generó grandes desencuentros durante el proceso de desmovilización que entablaron con el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, en ese momento.

Campo de café en Chinchiná, Caldas, en el corazón del eje cafetero colombiano. Foto de Peace Farm Coffee.

Algunos grupos paramilitares, particularmente aquellos con fuertes alianzas con narcotraficantes, terminaron rearmandose y manteniendo su influencia política en muchas partes del país hasta el día de hoy.  Después de 16 años del Plan Colombia, y un conflicto siniestro entre las fuerzas militares colombianas y las guerrillas de las FARC, el 25 de noviembre del 2016, las FARC y el estado colombiano ratificaron un acuerdo de paz que puso fin oficialmente al conflicto armado.

Sin embargo, hay muchas preguntas que aún persisten después de este acuerdo de paz. ¿Cómo contribuimos a contrarrestar la producción de coca de una manera efectiva?  ¿Cómo ofrecemos apoyo a nuestros líderes comunitarios? ¿Cómo contribuimos a la paz y el desarrollo en Colombia en vistas al futuro?

El año pasado, en una reunión en Boston con el ex presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, recordé que nos dijo que la solución a los cultivos ilícitos en Colombia, la cual ha alimentado el conflicto armado colombiano durante muchos años, es estructural y no depende de si el estado colombiano fumiga con glifosato desde aviones o si erradica las plantas de coca manualmente, pero en cambio depende de la capacidad de proporcionar a los agricultores con cultivos lícitos, verdaderas oportunidades económicas para su progreso.

Mientras viajaba por Colombia hace unos meses, visité varias comunidades cafeteras y hablé con muchos líderes comunitarios, incluyendo líderes de la comunidad Arhuaca en la Sierra Nevada de Santa Marta;  Chinchiná, Caldas; Bella Vista, Quindio; Tuluá, Valle del Cauca; Apia, Risaralda hasta líderes de la comunidad Inga del Tablón de Gómez en el departamento de Nariño.

Algunos de estos líderes comunitarios están haciendo esfuerzos increíbles, incluso arriesgando sus propias vidas, para sustituir voluntariamente los cultivos de amapola y coca por árboles de café u otros cultivos lícitos.  Muchos de ellos han cultivado coca durante muchos años, y conocen perfectamente las repercusiones que traen estos cultivos ilícitos y su procesamiento, desde la esterilización de la tierra y la destrucción de los ecosistemas, hasta el temible contacto con grupos insurgentes.

Sin embargo, estos líderes y sus comunidades necesitan mucho más apoyo.  El gobierno no los ha compensado monetariamente por sustituir voluntariamente los cultivos ilícitos como se acordó originalmente.  También necesitan un mercado que les pague justamente por sus productos y asistencia técnica en medio de una crisis climática. 

Si permitimos que el statu quo permanezca, esto significa que más líderes comunitarios continuaran siendo amenazados por disputas sociales y de tenencia de tierras nunca resueltas, más coca seguirá floreciendo en todo el país, nuevos grupos insurgentes continuarán luchando por el territorio y el suministro de drogas desde el origen. Muy pronto veremos el regreso de las campañas de fumigación con glifosato, para las cuales existe una gran evidencia científica que demuestra una mayor probabilidad de contraer Cáncer al ser expuesto al químico, y el ejército colombiano intensificará el conflicto y posiblemente incluso aceptará mayores bajas civiles en el proceso.  Lo que todos conocimos por falsos positivos.

A todos mis colegas de origen Colombiano reunidos hoy en este recinto tan importante, quiero reiterar que este acuerdo de paz imperfecto pero significativo que ratificamos recientemente, el cual ha estado bajo el escrutinio público, nos provee por primera vez en nuestra generación la mayor arma para el desarrollo que cualquier persona puede tener.  

Es fundamental que ahora apoyemos más que nunca a nuestros líderes comunitarios y brindemos a nuestros agricultores con cultivos lícitos la oportunidad de conectarse con oportunidades económicas viables para su progreso. Venimos de seis décadas de un conflicto devastador y, como miembro de una familia víctima del conflicto armado colombiano, simplemente no podemos permitir volver a esos días de violencia macabra.  Como Colombianos en este país, tenemos la responsabilidad fundamental de proteger nuestro proceso de paz y podemos comenzar estos esfuerzos ofreciendo más apoyo a nuestros agricultores con cultivos lícitos. Esto es lo que ha servido para inspirar a Peace Farm Coffee en primer lugar. ¡Muchas Gracias!

Finca cafetera en Chinchiná, Caldas, propiedad de Carlos Roldán, con quien tuvimos el placer de visitar y hablar sobre la industria del café en la región. Foto de Peace Farm Coffee.
Reconocimiento de los funcionarios electos colombianos de Rhode Island, la senadora Sandra Cano, los representantes a la Cámara Karen Álzate y Carlos Tobón durante la celebración del Día de la Independencia de Colombia en la Casa del Estado de Rhode Island en Providence el 18 de julio de 2019.

Peace Farm Coffee

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